lunes, 23 de septiembre de 2013

La Pantalla Negra




¿Se imaginan el secuestro de un miembro de la Casa Real Española y que los malévolos secuestradores pongan como condición innegociable para su liberación que el Presidente del Gobierno aparezca en un plató televisivo fornicando con un cerdo y que, además, el hecho zoofílico se retransmita en directo por todas las cadenas nacionales y autonómicas?

No es ni una idea calenturienta del que escribe, ni tan siquiera la pesadilla de una siesta de verano en un incómodo sofá sobrepasando los 40º. Se trata del primer capítulo de la serie británica "Black Mirror". Sólo sustituyan a Cristina, Elena o Felipe por una princesa de ficción llamada Susana y procedan de igual forma cambiando a Rajoy por un Primer Ministro británico también de ficción.



Evidentemente, no les voy a desvelar el desenlace, si finalmente el Jefe del Ejecutivo llega a yacer con el cerdo, o no… les recomiendo que corran a disfrutar de la serie. Los episodios que configuran sus, hasta el momento, dos únicas temporadas son independientes entre sí, aunque todos tienen un denominador común: los efectos inquietantes (y en gran medida nocivos) que producen en la sociedad actual las tecnologías de la información y la comunicación.

Las pantallas negras de un monitor, de un televisor o un teléfono inteligente son la causa de múltiples conflictos en las relaciones humanas: desde la clásica pelea doméstica por el mando a distancia de la tele del salón, a las surrealistas reuniones de amigos (incluso amantes) en las que los participantes están físicamente en el mismo lugar pero mentalmente, móvil en mano, en lugares y con amigos (o incluso amantes) distintos. Paradójico, ¿verdad?



Sí, resulta paradójico. Cuanto más fácil es el acceso a la comunicación, cuantas más ventanas abiertas, cuantos más medios, interfaces, pantallas, dispositivos a nuestro alcance… más aislados estamos. Reflexión y paradoja perfectamente extensible al ámbito de la cosa pública: En el momento actual de infinita crisis, de heridas y cicatrices en las instituciones, de carreras truncadas, de familias enteras en el paro y expulsadas de sus hogares, resulta muy preocupante el desapego creciente hacia la política, cuando es precisamente la Política la que podría y debería resolver esos problemas. Los gobiernos, los políticos, tenemos más medios que nunca en toda la Historia para abrir su gestión a la ciudadanía y, sin embargo, no está siendo así.  Un ejemplo reciente de esto lo tenemos en la ridículamente televisada comparecencia del Sr. Rajoy vía plasma. 



Igual de preocupante resulta la posición de los medios de comunicación “tradicionales”. La crisis económica no ha venido más que a acentuar su secular crisis particular, lo que ha conllevado, entre otras consecuencias, una pérdida de eso que denominamos objetividad (¿existe o existió alguna vez?) en la observancia de la sociedad.

Hoy más que nunca los pagos vía publicidad, patrocinios y otros contratos de los gobiernos a diversos medios de comunicación se convierten en un seguro de vida para que aquellos queden blindados a la crítica de estos. 

Cómo explicar, si no, la omisión de determinadas noticias, la dulcificación artificial de la dura realidad, los silencios ante denuncias de algunas prácticas gubernamentales, etc. 



Es verdad que esto ha ocurrido siempre, en todos los países y con todos los partidos políticos, pero en la actualidad el servilismo esta mas agudizado. Los números rojos de las cuentas de resultados de muchos medios son una espada de Damocles sobre la independencia de opinión y el análisis.

Afortunadamente se han desarrollado otros sistemas de información que, como agujeros en una red de pesca rota, permiten que se cuelen otras opiniones y, lo que es más revolucionario, que los ciudadanos puedan opinar e intercambiar sus puntos de vista en tiempo real entre ellos. Hablamos de las redes sociales fundamentalmente.



Orwell vaticinó en su fabuloso 1984 el abuso de los gobiernos a través de los canales de comunicación. Lo que no llegó a imaginar, sin embargo, fue la afortunada dinamita que encontraría la ciudadanía en las redes sociales para hacer saltar por los aires estos excesos. Volviendo a Black Mirror, la primera reacción del Gobierno es intentar que no se conozcan las intenciones chantajistas de los secuestradores, algo totalmente inútil. 



En Sevilla, ni hay secuestro de princesas, ni propuestas de zoofilia encima de la mesa, pero hay casos de favoritismo económico descarado del Ayuntamiento a algunos medios de comunicación que el resto no se atreve a denunciar, haciendo bueno el dicho de que "perro no come perro".

Ello está suponiendo que los medios agraciados con el favor del gobierno municipal se tapen la nariz y miren descaradamente hacia otro lado, mientras ante ellos pasan sin reflejo alguno sobre el papel denuncias de sobresueldos, enchufismos, engaños, ocultación de información, despidos injustificados y otras lindezas en el abecé de la gestión de este gobierno municipal. 



Afortunadamente, estoy convencido de que los ciudadanos van a seguir rompiendo las pantallas negras. La libertad de opinión y la búsqueda de la verdad son consustanciales al ser humano. 

De lo contrario y sin llegar al secuestro y a las relaciones con un "pata negra" corremos el riesgo de parecernos cada vez mas a Jim Carrey en el Show de Truman.




                                       
                                    





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